lunes, 23 de marzo de 2015

10 años


¿Ves esa puerta? Si salís al mundo vas a encontrar un montón de gente. Pero acá, en este cuarto, somos vos y yo, y no existe nadie más. Es así un tiempo, después queremos salir. Y rara vez volvemos, y si volvemos ya no es lo mismo. Porque es difícil aceptar que las cosas terminan. El día, el año, la juventud, la vida... Será cuestión de saber apreciar la inexactitud de algunos finales, es algo que tarde o temprano tendremos que aprender. Aunque el éxito del aprendizaje respecto a los aspectos de la vida es relativo, bien puedo decir que por diez años aprendí, por diez años me preparé, y después diez años deambulé sin querer admitir que me había perdido. Y curiosamente hace diez años que nadie me pregunta como estoy.

jueves, 30 de octubre de 2014

Jamás existió

Idealizar es crear a una persona a partir de rasgos de alguien que conocemos y de alguna forma nos gusta combinados con las virtudes que consideramos esenciales en un potencial compañero de vida. El enamoramiento consiste en querer intentar por todos los medios que la persona real sea igual a la imaginada. La decepción llega al empezar a encontrar las diferencias, pero el amor verdadero se presenta cuando las asumimos y las aceptamos. Ver a una persona ideal aún con su conjunto de defectos. Y si no podemos hacerlo, nos quedamos con la imagen idealizada de alguien que que realidad nunca fue así, y que nunca llegamos a conocer del todo. A veces perderemos tiempo en una inútil espera con la infundada seguridad de que cambiará y se transformará en lo que soñamos que fuera. Nunca pasa. La persona real se queda en el tiempo, la persona ideal nos acompañará un poco más pero de nada nos sirve. Todos, tarde o temprano, llegamos a amar a alguien que jamás existió.

miércoles, 30 de abril de 2014

Vida, muerte y los jueves

Aprendí a entender la muerte. Sé cómo es, y sí, puedo volver para contártelo.
¿Te acordás de lo lejos que se veía, aún cuando sabíamos exactamente cuándo vendría?, porque al tiempo le habíamos ganado, lo teníamos encerrado y solo nosotros podíamos dejarlo salir.
Tenía todo a mi alcance, todo lo que quería y necesitaba. Tenía el amor de la más hermosa de todas. Y tenía el poder de apreciar lo que la sociedad repudiaba. Que esto nos va a hacer mal, que esto nos va a matar, que es malo, feo, ilegal, prohibido... como si algo de eso nos fuera a asustar, ¿qué es el miedo cuando no podés perder? ¡si ni el tiempo podía vencernos!...
Eramos tantos que cualquier ejército hubiera temblado al vernos llegar: ellas, ellos, aquel, aquella, el que estaba, la que faltaba, el que nunca venía y el que nunca iba a venir pero al final venía, y cientos, miles, millones más. Y juntos construimos un castillo, una fortaleza colosal, la envidia de Troya y todo lo que se le parezca. La palabra "invencibles" nos quedaba chica.
No le debíamos nada a la vida, porque no íbamos a durar mucho en ella.
Y llorábamos los viernes porque faltaba mucho para el próximo jueves.
Pero entonces el tiempo me jugó una mala pasada. Aliado de mi sangre, no cumplió con su palabra y al dejarlo en libertad, huyó. Mi corazón seguía latiendo al ritmo de su traición.
Sobrevivir a mi juventud no estaba en mis planes. Me encontré con desafíos para los que nunca estuve preparado. Presión, rutina, estrés, responsabilidad, impaciencia, días grises y noches cortas. No es la vida que tenía, no se parece a la vida que quería. Ni siquiera es vida. Es mi infierno, mi castigo y mi condena, haber muerto sin dejar de respirar.

domingo, 26 de enero de 2014

Fuerte

Fuerte. Todos querían que fuera fuerte.

"Estamos para lo que necesites", "te vamos a acompañar", "mucha fuerza", le decían, en vano, una y otra vez, cuando ella lo único que quería escuchar era que todo fue una pesadilla, que en realidad nada de esto sucedió, ¿que están para lo que necesite?, eso necesitaba. Y qué poco necesitaba que la acompañen, cuando no hacía más que desear la inmediata desaparición de todos los que se iban amontonando a su alrededor. Fuerza, sí, qué fuerte crecía la ira en su interior. La desazón. La resignación. Fuerza necesitaba para dejar de oír inútiles palabras de consuelo.

Nunca entendió por qué le pedían que fuera fuerte.

No había nada para llenar ese vacío. Iba camino a ser más vacío que persona. Su cuerpo seguía vivo, pero su alma no. Su corazón latía solo por rutina. Ya no hablaba. Necesitaba apagar su cabeza, dejar de pensar, olvidar todo lo que sabía, todo lo que había conocido y aprendido. Y sobre todo, lo que había amado. Y no volvería a amar. Jamás podría. Ya nada podía golpearla, ya nadie podría lastimarla. La vida ya no tenía armas para desafiarla.

Y entonces, ya era fuerte, muy fuerte.

Y nunca nadie le pidió que fuera alegre. Nadie intentó hacerla sonreír. Nadie supo animarla, nadie pensó en enseñarle que el mundo seguía siendo mundo más allá de lo que le faltaba. Que después de perder, podía ganar. Que después de llorar, porque es bueno llorar, podía pensar en ser feliz. Nada. Lo importante, creyeron ellos, era ser fuerte, saber que estaban para lo que necesitara, saber que la iban a acompañar. Y lamentar lo que pasó, vivir en duelo, vestir de negro y llorar por siempre. Siendo fuerte, porque así debía ser.

Y finalmente, fue tan fuerte que no dudó en ceder ante su debilidad. Dejó ir su cuerpo para que huyera con su alma. Ya no tendría que escuchar a nadie.

"Estamos para lo que necesites", "te vamos a acompañar", "mucha fuerza", seguían diciendo por ahí. Pero ella ya no estaba para oirlo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Perdón

Perdón por no aprender a entenderte. Perdón por no poder ayudarte, acompañarte, salvarte. Perdón por no saber como actuar, no que decir, ni cuando, ni como. Perdón por no entender el por qué, y perdón por no poder explicarlo.
Perdón por no llamarte, no atenderte, no buscarte y no dejarme encontrar. Perdón por no estar cuando me necesitabas, y perdón por haber estado cuando no debía.
Perdón por quererte, y por dejar de hacerlo. Y por volver a hacerlo, una y otra vez.
Perdón por admirar mis ideales, creer en mis principios y defender mis convicciones. Perdón por refutar tus argumentos y no ceder ante tus reglas. Perdón por querer ser feliz sin importar si tengo razón.
Perdón por no haber vivido todo eso que viviste, por haber hecho otro camino, por haber conocido otras historias que no me permitieron entrar de lleno en las tuyas. Perdón por mi entorno que no es igual al tuyo. Perdón, entonces, por haber nacido en otro momento y lugar.
Perdón por no ver a través de tus ojos, no sentir tu dolor y no sangrar por tus heridas.
Perdón por ser yo, cuando lo único que necesitabas, es que sea vos.